El carro me ordenaba llevarlo al autolavado, o "pulilavado" como lo llaman por aquí. A pesar de lo nublado del cielo pospuse otras actividades para hacerle esta mañana un cariñito al carro. Como estaba cerrada la salita de espera decidí venirme a pie a la casa, total, estoy a dos cuadras y el sol no aparecía.

Emprendo la caminata con la mirada fija en mi objetivo: mi edificio en la esquina de la tercera cuadra, miro a todos lados a ver si anda por la vía algún personaje inusual, agarro bien mi cartera y adelante.
En mi ruta voy pensando en lo poco que camino ultimamente, en qué hacer si me corretean a quitarme la cartera, porque como estoy leyendo un libro de Marcos Tarre Briceño ando en alerta amarilla, me hago un plan de carrera y carterazos contra algún atacante inesperado.
Voy viendo los terrenos baldíos, las obras de construcción que están empezando a alzarse, los conserjes en sus faenas matutinas, limpiando aceras y sacando basura. La marcha me va dando energía, me siento activa, podría caminar de aquí a quien sabe dónde sin parar, voy recordando mis días escolares cuando iba y venia a pie del colegio, aún a pleno sol de mediodía. Me gustaría poder caminar más, pero la comodidad, este sol inclemente y la inseguridad me han convertido en una Rumilda más.
Y de pronto ¡ya llegué! apenas 2 minutos y tantas cavilaciones.....
Abur.-