Dos veces por semana, a golpe de 9 de la mañana, resuena a traves de la ventana de mi baño y por sobre los demás ruidos habituales (carros, cornetas, pajaros) un pito estridente y una voz de hombre a todo gañote dando instrucciones.
Mientras me baño, afino el oido y pongo atención a esos gritos que siempre siguen al chocante pito:
-(pito) Señores ¡a correr!
-(pito) ¡Vamos! hay que levantarse rápido...rápido
-(pito doble) No, no, ¡no! rápido
-(pito) ¡Vamos! ahora a saltar como un sapo.
-(pito) Señores ¡corran, corran, corran! ¡vamos!
Cualquiera diría que al lado de mi edificio tengo un estricto campo de entrenamiento militar y que ahí presta servicio uno de esos comandantes a los que les gusta amedrentar a la tropa. Pues no, lo que hay es un preescolar, con niñitos que no sobrepasan los 6 años. Esas instrucciones gritadas apoyadas en el pito son de la hora de gimnasia. Ahora supongo yo que el profe de gimnasia es un militar frustado, porque no veo la necesidad de tratar con ese ímpetu a unos pobres cuerpitos adormilados.
Según me contaba hace tiempo un gringo amigo que era profesor de educación fisica, a esa edad es muy importante enseñar al niño a ejercitarse adecuadamente, para corregir posturas, por ejemplo y evitar en gran medida males fisicos futuros debido a éstas. Pero de ahí a someter a los chamos a aquel torrente de órdenes y gritos, no sé, me parece exagerado.
Señores ¡hay que levantarse rápido! (¡que viene el enemigo!)
Por más que me asomo no logro ver cómo se desarrolla la clase pues de los niños no se oye ni un gritico, ni una risa. Los intuyo asustaditos y callados, corriendo en tropel, agachándose azorados para saltar como sapos, hipnotizados por esa voz y ese pito.
Abur.-